Primeros años

*Transcripción de “Arturo Prat” por Gonzalo Vial Correa

Primeros años

“Una infancia difícil, de niño pobre y físicamente débil, templó el cuerpo y el carácter de Arturo Prat y lo habilitó para inimaginables destinos.”

 

De la  hacienda a la ciudad

Nació el héroe en la hacienda San Agustín del Puñual, Ninhue, al oriente de Quirihue (Ñuble), el 3 de abril de 1848.

Aún hoy es un lugar lejano, solemne, que rechaza más que acoger.  ¡Cómo debió ser aquel entonces! La Armada ha reconstruido y remoblado con suma exactitud su clásica planta “colonial”: un piso, 3.000 metros cuadrados de superficie, gruesas murallas de adobes, techo de tejas, y corredores, desde los cuales se accede a las habitaciones y bodegas.  Los corredores tienen ladrillos rojos, postes en pellín sobre bazas de piedra, y aleros de Colihue.  Encierra el especio edificado, un huerto y un patio de naranjos.  Los faldeos del vecino cerro Coiquén, llegan prácticamente hasta la casa misma, hoy estériles, entonces cerrado bosque nativo que poblaban choroyes cantarines.

La matrona recordaba haber sido un niño tan débil, que ni siquiera gritó al nacer.  Aparentemente, seguiría el destino de sus tres hermanos muertos.  Pero allí dio la madre, doña Rosario, la primera señal de su carácter valeroso y férreo.  Aplicó a la criatura casi extinta las virtudes curativas del agua helada, sumergiéndola en ella invariablemente y diariamente, incluso cuando el niño –de quince meses de edad, y en el medio del invierno- navegaba de regreso hacia el centro del país, ya vendía hacienda.

Era la “hidropatía”, el método del granjero silesiano Vicent Priessnitz, publicado aquí por Jacinto Chacón -¿Quién si no?- y que su hermana había estudiado y aplicaría rigurosamente.

Arturo iría desarrollándose hasta alcanzar la plena normalidad física.  Acogidos los Prat, como anticipamos, a la protección del abuelo, don Pedro, habitaron una extensa chacra santiaguina y suburbana de éste, adquirida quince años atrás.  Mucho después sería llamada “de la Providencia” por las monjas de esta denominación y orden consagradas allí a atender niños huérfanos (y de las cuales el único) recuerdo in situ, si bien muy posterior, es la actual parroquia en la avenida del mismo nombre). Tenía sesenta cuadras cuadradas, casa, jardín, y hasta capilla.  Para Arturo un paraíso, lugar de incontables y siempre nuevas aventuras, comprendidos pugilatos con otros muchachos y hasta ser atropellado (sin consecuencias) por un carruaje.

Era revoltoso pero, recordaría su madre, dócil y extremadamente unido a ella. Y a su padre, cada vez más enfermo, pero con quien conversaba horas para aclarar sus dudas… los innumerables “por qué” de un niño que crece y que don Agustín –sobreponiéndose al desánimo, decadencia física y dolor que lo iban acorralando ineluctablemente- procuraba responder.

Don Pedro vendió la chacra en 1854, y los Prat debieron mudarse a una pequeña vivienda en calle Nueva San Diego.  ¿Cómo podría haber imaginado Arturo que después, para honrarlo, es calle sería bautizada con su nombre?

Llegó 1856 y el momento de iniciar la educación de Arturo Prat.  Fue elegida una escuela cercana, tercera cuadra de la calle San Diego, conocida como “de la campana” por aquella que –desde una torre- llamaba a sus clases.  Su director era una de los maestros más notables de nuestro siglo XIX, José Bernardo Suárez, cuya sabiduría, experiencia y artes pedagógicas, corrían parejas con su pobreza.  Años más tarde, ya célebre pero igualmente pobre, le ofrecieron un alto y honroso puesto de la enseñanza nacional, ser miembro del Consejo de instrucción primaria: lo rechazó, aduciendo carecer de ropa adecuada para ejercerlo…

Allí estuvo Arturo Prat dos años.  Fue de buena conducta, pero desconcentrado.  Después logró atender mejor y subieron sus notas.  Tenía buenos amigos, recordó más adelante su madre, pero también “una inclinación muy marcada al aislamiento y la reserva”.  De sentirse atropellado en su integridad y derechos recurría a la fuerza, aunque comparativamente no lo favoreciera.  Cuando dejó la escuela “de la campana”, el maestro Suárez resumió: “Aplicación, excelente; capacidad, buena; asistencia, constante; carácter, inmejorable”.