Matrimonio, Paternidad y tragedia

*Transcrito de la obra de Gonzalo Vial

“Un amor gigantesco y eterno invadió la vida de Arturo Prat, trayéndole alegrías innumerables, pero también un dolor sin posible cura.”

El encuentro con el amor

El 26 de noviembre de 1867, segundo aniversario de papudo, Prat recibía una pequeña tarjeta y sobre afiligranados, muy elegantes, que han llegado hasta hoy, con el mensaje que sigue:

“Señor don Arturo Prat.  Vencedor de la Covadonga.  Felicidad”.

El nombre dela remitente se hallaba impreso:

“Carmela Carvajal”.

Tenía 16 años (y el destinatario, 19).  Huérfana de padre y madre, su hermano y tutor José Jesús Carvajal era casado con Concepción (Conchita) Chacón, hija del patriarca don Pedro y hermana de doña Rosario, la madre de Arturo Prat.

Éste y Carmela se conocieron en las alegres e informales tertulias que tenían por escenario, dos veces a la semana, la casaquinta de don Pedro.

Allí cambiaron apenas unas palabras, y Carmela le aceptaba breves y apasionadas misivas, que llevó consigo hasta su último día.  Prat nada decía a otros del tema, ni toleraba al respecto insinuaciones.  Ya que, en su seriedad sobrehumana, temía comprometer a Carmela hablando de un matrimonio que económicamente le era aún  imposible.  Ella tampoco tocaba el tema.  Pues, alta, de hermoso rostro y cuerpo y alegre, tenía también un carácter serio y reservado.  Pero entre ambos nació de inmediato un compromiso total y definitivo.  Dos décadas después, al recibir inesperadamente desde el Perú una fotografía de Arturo Prat en su adolescencia, doña Carmela respondió a quien se la enviaba, diciéndole haber llorado con el recuerdo de “una época muy feliz de mi vida: el principio de nuestro tímido afecto de niños, que llegó a ser el único cariño de toda nuestra existencia”.

Para él fue relativamente breve… los años de noviazgo y los que duraría el matrimonio.  Ella añadiría una interminable soledad posterior, por medio siglo cumplido de viudez, soportada únicamente por la certeza plena e inconmovible de un reencuentro querido y predeterminado por la Providencia:  “Sólo Dios misericordioso podrá devolverme más tarde al elegido de mi corazón, ya que la muerte es una larga y dolorosa ausencia, pero no una eterna separación”.

Paralela a su noviazgo, avanza la carrera naval de Arturo Prat.  El 12 de febrero de 1873 asciende a capitán de corbeta graduado.  Nueve días antes, había muerto el padre del héroe, arrancándole un grito desgarrador de amor filial.

Es el momento de formalizar su relación con Carmela.  El 5 de mayo, lo presencia la iglesia porteña del Espíritu Santo o de San Agustín.  La luna de miel trascurre en Quillota, más unos días de paso por las Termas de Cauquenes.  El 9 de julio el novio ya está embarcado con destino a Mejillones, donde debe reincorporarse a la Esmeralda.

La pérdida de la primogénita

Las “estaciones” en ese puerto boliviano, que podían durar meses, eran verdaderas pesadillas para los oficiales de marina.  Su objeto: proteger, fundamentalmente por presencia, las actividades económicas de chilenos contra posibles actos arbitrarios –o que considerásemos tales- de autoridades altiplánicas.

Durante la “estación” post matrimonio, 1873, sabe Prat que su mujer se halla embarazada.  Regresa a tiempo para el nacimiento de su primogénita, Carmela de la Concepción:  5 de marzo de 1874.  Pero una nueva “estación”, la de este último año, lo separa de madre e hija.  Sus cartas a Carmela desde Mejillones están llenas de referencias a la niñita.  La salud de la hija ha sido siempre débil, va empeorando y llega al desenlace fatal en diciembre de 1874, durante la ausencia de Arturo Prat.

La “estación” ha concluido, más se atrasa el Abtao, que debe llevar a Prat de regreso.  Una última carta de Carmela es un grito de desesperanza:  “Arturo de mi corazón, nuestro querido angelito sigue mal, muy mal: siento que mi corazón desfallece de dolor y tú no estás para sostenerlo… si te fuera posible venirte, sería mi único consuelo.  No desesperes mi bien, piensa en tu infeliz Carmela”.

Él, que por fin puede embarcar en el Abtao, contesta de inmediato: “No desespero, Dios salvará nuestro primer hijo, el fruto de nuestro amor, nuestra adorada hijita”.  Y concluye desgarradoramente: “Dios nos tenga en su mano”.
Pero ya entonces la niña había muerto.

La luz finalmente se extingue al recibir Arturo Prat, en algún puerto intermedio, un enlutado pésame de Juan José Latorre.