La Guerra con España

*Transcripción obra de Gonzalo Vial

 

El ’63, hallándose Arturo Prat a bordo, una jornada de niebla, la corbeta sufre grave avería al chocar con las rocas de Totoralillo.  La superioridad decide repararla en los astilleros de Sacramento, San Francisco de California.  Se halla lista para zarpar, cargada de carbón necesario, y nuestro héroe muy entusiasmado… pero no será Sacramento el lugar de destino, sino Huito, desolado varadero en la costa oeste de la isla Grande de Chiloé.  Allí refaccionarán la Esmeralda.

¿Por qué Huito y no Sacramento?

Porque  flota en el aire una posible guerra con España.  No podemos explicarla (hasta donde tiene explicación) ni menos detallarla.  Pero fue detonada por la Madre Patria y su flota ocupa las Chinchas, islas peruanas, ricas en guano de aves –abono agrícola escaso y de alto precio-, como respaldo a ciertas demandas que España hacía al Perú (abril de 1864).

Hay un movimiento colectivo de la diplomacia hispanoamericana para impedir la guerra y apoyar a los peruanos: es el Congreso Americano de Lima (septiembre de 1864).  Motiva un singular viaje de la Esmeralda al Callao, llevando la delegación chilena.  Tripulación y pasajeros parecen salir directamente de las páginas de nuestra historia: Manuel Montt, representante chileno al congreso; José Manuel Balmaceda, su secretario; Juan Williams Rebolledo, capitán de fragata y comandante de la corbeta; Arturo Prat, ascendido ya, ese propio año, a “guardiamarina examinado”.

Arrastrados por una vehemente y pasajera ola de entusiasmo americanista, los chilenos entramos al conflicto referido –complejamente ajeno- desplegando tal ímpetu, que a poco nos vimos en guerra declarada con España (septiembre de 1865).  Guerra tan absurda, que un tiempo no muy breve estuvimos sólo nosotros y no el Perú.

Tampoco tenía destino, para ninguna de las partes.  Para Chile, porque sus únicas naves de guerra eran la corbeta Esmeralda y un vapor civil, artillado, en malas condiciones: el Maipo.  Mientras que en la flota española del Pacífico desplegaba siete unidades modernas, entre ellas el blindado Numancia.  Pero ese poder marítimo no podía crear ninguna ventaja permanente a favor de su dueña: ni base, ni ocupación de territorio… nada.

Finalmente los españoles devolvieron las Chinchas y se retiraron de las costas pacíficas, intentando perpetrar, para venganza y memoria, dos inútiles barbaridades: destruir Valparaíso (31 de marzo de 1866) y el Callao (2 de mayo).  Lo primero resultó fácil: el puerto carecía de defensas; fue arrasado.  La fortaleza naval del Perú, en cambio, los rechazó, con centenares de muertos y heridos en ambos bandos, y sufriendo todos los barcos hispanos, excepto el Numancia, daños de consideración.

Fue dentro de ese cuadro general que la “escuadra” chilena –un solo barco propiamente de guerra- cumplió una serie de operaciones brillantes.  Ellas, por desgracia, cooperaron a despertar en los marinos hispanos la furia homicida que vaciaron sobre Valparaíso.

Concluía 1865.  Comandaba nuestras fuerzas y la Esmeralda Juan Williams.  Prat formaba parte de la tripulación.

Williams dispuso que el Maipo, más rémora que ayuda para el caso de cualquier acción, se ocultara en los canales.  Luego empezó a incursionar con la Esmeralda pro la costa haca el norte.  Su esperanza era capturar alguna embarcación enemiga que viajara aislada.

Finalmente se dio la oportunidad el 26 de noviembre, a la cuadra de Papudo.  La nave española era la goleta-cañonera Covadonga: casco de hierro, tres palos, 400 toneladas de desplazamiento, 5 cañones pequeños, edad y velocidad similares a su adversaria, obtenida la segunda mediante las velas y una maquinaria de 149 HP.

Entró así la Covadonga, también, a nuestra historia.

Ambos barcos tenían fondos y calderas en mal estado… mas eran peores los del español.  La Esmeralda lo alcanzó y fue capturado, con cien prisioneros.

“A las 10 a.m. lo tuvimos a tiro de cañón; se le hizo fuego veinte minutos y arrió su bandera”, escribiría Arturo Prat a su madre (se hallaban presentes, también, Condell, Latorre, Jorge Montt…)

El comandante español intentó hundir su nave abriendo las válvulas, pero nuestra partida de abordaje subió a tiempo para que las cerrase el ingeniero norteamericano contratado por Chile, Eduardo Hyatt.  Lo reencontraremos en Iquique a bordo de la Esmeralda.

Prat transbordó a la nave capturada, que quedó bajo el mando del capitán de navío Manuel Thomson.  En ella participaría del resto de la guerra.

Tres días después de la captura de la Covadonga, el jefe de la expedición española, brigadier José Manuel Pareja, se suicidó de un pistoletazo.  Lo reemplazó el comandante del blindado Numancia, Casto Méndez Núñez, quien los meses finales del ’65 e iniciales de ’66, intentó vengar la ofensa persiguiendo al enemigo por los canales del sur.  Éste era ahora más poderoso –la escuadra chilenoperuana, seis naves propiamente de guerra-  pero siempre inferior a la hispana.

Abtao.  Un segundo encuentro tuvo lugar el 7 de febrero de 1866 en el fondeadero elegido por Williams, subjefe de la escuadra  conjunta, para los barcos de ésta: el estuario de Chayahué, entre Chiloé Continental y la isla Abtao.  Los españoles lo ubicaron pero –temerosos de encallar- no se atrevieron a utilizar ninguno de sus ingresos, ni la “boca del puerto” o principal, ni la “boca chica”.  Sólo bombardearon nuestras naves a distancia, sin eficacia.

Fue la Covadonga la única que protagonizó un incidente singular durante el combate.  La fragata hispana  Blanca semivaró en la “boca chica”.  Thomson inmediatamente situó su nave sobre la española, separadas sólo por los 500 ó 600 metros de un pequeño istmo (el lugar más estrecho de la isla Abtao), y la cañoneó “implacablemente” con la única pieza de artillería que tenía en estado de servir.  La Blanca y luego la Villa de Madrid respondieron de igual manera, pero con sus noventa y seis cañones.

“Estábamos a descubierto …el fuego fue terrible, y… aunque no nos hizo daño… bien dirigido… porque eran tiros por elevación… bastante difíciles; sin embargo caían a dos o tres metros de nuestros costados… nos encontramos solos contra…las dos fragatas. Ya era una imprudencia exponernos por más tiempo, y nos retiramos haciendo virar”, narraría Arturo Prat a doña Rosario.

Thomson elogia su comportamiento sereno y valeroso en el combate.

Méndez Núñez pensó que el Numancia, empleando sus piezas de largo alcance, podría destruir a los barcos chileno-peruanos anclados en Chayahué sin entrar al estuario. Con el blindado y la Blanca volvió, por tanto, a los canales… para encontrar que Williams se había mudado de fondeadero, al de Huito, que veíamos arriba.  Fortificando sus entradas de modo tal, que el jefe hispano no osó arriesgar el Numancia, retirándose de la zona –que le resultaba ya una pesadilla- por segunda vez.

Abandonada toda esperanza de una victoria que los reivindicase, los españoles decidieron, entonces, tomar venganza en el inerme Valparaíso, del modo dicho.

La guerra con España fue un hito para Arturo Prat.  Le dio una experiencia de combate, que sacó a la luz sus grandes virtudes guerreras: la serenidad y el valor personal.  Por otra parte, el mismo 26 de noviembre, el Senado unánime votó un grado de ascenso para todos los partícipes del combate de Papudo.  Nuestro héroe devino teniente segundo.